Mira que me he leído elegías
retando a mis sueños al Parnaso,
sueños que morían cada ocaso
y renacían cada nuevo día.
La sonetista mayor, ¡madre mía!,
de quien procuro seguir cada paso,
ha desvirtualizado mi fracaso
incluyéndome en las antologías.
Que sepas que me dejas sin palabras
-¡qué pequeño te viene el universo!-,
que Enfero, que Carulo,... -¡qué albricias!-
que tienes el don del abracadabra,
que te mereces ser comida a versos.
Que sepas que te adoro, Alicia.
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